140 años de béisbol: cultura e identidad en trance

Fuente: Café Fuerte

Por Leonardo Padura*

28 de Diciembre de 2014

Ellos se tomaban su béisbol muy seriamente. Muy, muy seriamente.
Tommy Lasorda

El mayor de los diversos misterios en torno a la práctica del béisbol en Cuba no está relacionado con la vía por la cual el novedoso y complicado juego “yanquee” llegó a la isla, pues ya resulta un hecho histórico indiscutible que hizo su entrada en territorio cubano hacia finales de la década de 1850 o primeros años de la siguiente, de la mano de estudiantes cubanos que regresaban al país luego de haber residido unos años en Nueva York y algunas otras ciudades del norte de Estados Unidos, donde habían aprendido el recién creado deporte. Tampoco quedan enigmas esenciales en torno a la época en que se efectuaron los primeros partidos públicos de aquel juego singular pues, como resulta fácil colegir, necesariamente debió ocurrir años antes de 1874, fecha para la cual ya existían equipos organizados en La Habana y Matanzas, con terrenos más o menos apropiados, y resultó posible pactar el primer partido registrado, en el mítico Palmar de Junco matancero.

La incógnita más productiva en torno a la relación genésica de la pelota y los cubanos, si tomamos en cuenta lo que entraña para la definición de su época (último tercio del siglo XIX) y lo que irradia hacia un futuro, que es nuestro presente, estaría entonces en la develación de las circunstancias sociales, económicas, políticas y hasta étnicas gracias a las cuales se concreta su vertiginosa y masiva adopción por parte de los cubanos, lo cual permite que, menos de 30 años después de haberse conocido la pelota en la isla, el primer historiador de los avatares de este deporte entre nosotros, el ex pelotero Wenceslao Gálvez se atreviera a afirmar que: “El ground [o sea, el terreno] del Base Ball en Cuba desaparecerá después de las vallas de gallos y el redondel de la plaza de toros, porque se ha arraigado en esta tierra de una manera firme, como lo comprueban los cientos de clubs que se organizan constantemente en casi toda la isla”.

Una profética certeza

Si aceptamos como cierto lo que asegura esa rotunda y a la larga profética certeza de un testigo excepcional, y nos apoyamos incluso en el hecho mismo de que se escribiera y publicara una “historia” de la pelota en Cuba en el año de 1889, es posible admitir que muy poco tiempo después de la adopción del béisbol por parte de los jóvenes ricos e ilustrados de la capital de la colonia, la práctica del peculiar deporte había dado el salto mortal gracias al cual, como veremos, había logrado convertirse en un elemento de trascendente influencia en el proceso de conformación de la nacionalidad y la cultura cubanas, un tránsito histórico por entonces en pleno y dramático apogeo.

Curiosamente, tan fulminante integración de la pelota a la espiritualidad cubana se produce en un primer momento más por oposición que por adición y llega acompañada de una obstinada intencionalidad en cuyos trasfondos mucho influye la política. Porque en el período histórico de la Guerra Grande y los primeros años de la tregua posterior al Zanjón (décadas de 1870 y 1880) la pelota y su práctica tuvieron la capacidad de encarnar dos propósitos fundamentales: el de ser un ejercicio público capaz de expresar las maneras, modos de pensar y gustos de la modernidad y, a la vez, el de constituir una manifestación social que, por no tener relación alguna con España, con toda evidencia fue asumida justamente como antimetropolitana, en un momento en el cual España representaba la negación de la modernidad que, por supuesto, enarbolaban países como Francia, Inglaterra y los Estados Unidos (en los cuales, por cierto, se inventan o se popularizan todos los deportes modernos de equipo, la mayoría de ellos juegos con pelotas).

Pero, a partir de esos propósitos de notable influencia, el elemento decisivo de la arrebatada relación de amor entre los cubanos y el beisbol radicó en la muy fecunda peculiaridad del momento histórico de la evolución nacional en el que la pelota pica en territorio cubano. El hecho de que este deporte comience a practicarse en la isla justo cuando se inicia la gesta independentista de 1868, resultaría providencial en el proceso de su apropiación y casi inmediata cualidad de manifestación indispensable en la expresión identitaria.

Factor de identidad nacional

La mejor evidencia de hasta qué punto la pelota se había convertido en un elemento esencial de la cultura cubana, más aun, de la identidad nacional, fue el proceso que alrededor de su práctica se vivió a partir del año 1959, el cual conduciría dos años después a la desaparición del profesionalismo y el sistema hasta entonces establecido del amateurismo cubano para dar origen a la estructura inicial de lo que son, desde entonces y hasta hoy, las llamadas Series Nacionales, fundadas a principios de 1962.

En las décadas de 1940 y 1950 la práctica del béisbol en Cuba había alcanzado una plenitud capaz de convertir a la isla en uno de los referentes universales del ejercicio de este deporte. La liga profesional cubana, con más de 70 años de existencia, era la máxima expresión de la pasión beisbolera cubana, pues había conseguido crear una representatividad profundamente enraizada en la mentalidad nacional y popular. Mientras tanto, la participación de cubanos en los campeonatos de máximo nivel mundial, las Grandes Ligas norteamericanas, no solo contaban ya con una nutrida lista de jugadores criollos blancos (o casi), sino que habían recibido hacia los albores de la década de los años 1950 a peloteros negros , y varios cubanos fulguraban como estrellas en aquel firmamento, para orgullo de sus compatriotas, que luego tenían la ocasión de verlos jugar en la isla como integrantes del Almendares, Habana, Marianao y Cienfuegos.

Como todas las revoluciones, la cubana volteó muchas de las bases económicas, sociales y culturales del país. Pero sin duda uno de los quiebres culturales más dramáticos fue el que vivió la práctica del beisbol cuando se alteró de forma esencial la estructura y la tradición sobre la cual se había desarrollado y alcanzado el ya mencionado esplendor de los años 1940 y 1950. La prohibición del profesionalismo deportivo y la pretensión de conseguir campeonatos amateurs de verdadero alcance nacional (en el sentido de la participación visible de todas las regiones del país), obligó a una total reestructuración del sistema de afiliación y competencia que, para conseguir el objetivo de su transformación, se impuso además, de manera consciente, provocar un quiebre con la memoria y los paradigmas establecidos con anterioridad, una ruptura que se expandió, incluso, a la labor de figuras del pasado y hasta a la existencia de estadísticas de lo que ha sido llamado el beisbol prerrevolucionario, a favor de concitar todo el interés y convertir en única referencia el beisbol revolucionario.

Negación del pasado

Esta política de negación del pasado, fruto de decisiones también políticas, alimentó un desconocimiento, rechazo y hasta estigmatización oficial del legado acumulado, lo cual pudo haber sido indispensable en términos políticos, pero en perspectivas de la historia y la cultura (a la cual pertenece ese deporte en específico), fue una pérdida que hoy resulta prácticamente irrecuperable, pues el hiato ha implicado la memoria (o la desmemoria) de dos o tres generaciones de cubanos.

La cualidad de pertenencia del beisbol a la identidad cubana y su capacidad de resistencia cultural lograron, sin embargo, superar esa coyuntura extrema. El béisbol de la isla, gracias a jugadores, aficionados, al fervor político del momento y, sobre todo, a su arraigo en la espiritualidad nacional, consiguió saltar ese terrible y dramático abismo que lo obligaba a continuar caminando sin mirar apenas hacia el pasado (al punto de que, por las reglas del amateurismo, nadie que alguna vez hubiera firmado como profesional, aun sin haber jugado, podía volver a pisar un terreno de juego en la isla), olvidándose de sus ídolos referenciales (Orestes Miñoso, Camilo Pascual, Willy Miranda, activos en Grandes Ligas) y reordenarse para, con una rapidez y contundencia que solo se consiguen al calor de las vorágines revolucionarias que lo van cambiando todo, reinsertarse, otra vez con inconcebible rapidez, en el imaginario colectivo. Comenzó entonces a transitarse una nueva tradición, a crearse los primeros mitos del nuevo momento, a establecerse estadísticas que partían de cero y que, por lo tanto, carecían de cualquier valor referencial con respecto a la tradición, el pasado, la memoria y la cultura del beisbol y de una nación, cuyo origen estaba tan íntimamente ligada a la práctica de ese deporte.

El milagro de haber conseguido vencer esa pirueta mortal solo obedece a una razón de origen cultural: el grado del imbricación superlativa de la pelota a la espiritualidad cubana, el modo profundo en que se había integrado a la cultura nacional, la condición de ingrediente notable de una identidad propia fueron (o fue, pues todo se combinó y movió en una misma dirección) las calzadas que permitieron concretar con éxito ese desgarrador desplazamiento. Y la política fue el viento de popa que se encargó de darle el impulso final.

Asimilar o relegar la herencia

A estas alturas del juego (algo así como el séptimo inning) todos estaremos de acuerdo en afirmar que el béisbol forma parte de la identidad cubana. Creo que también habría consenso en admitir que una identidad es un complejo proceso social que está en permanente en evolución y movimiento.

Las identidades nacionales, como ya hemos visto, son el fruto de la conjunción en un territorio y en un tiempo histórico determinados, de múltiples elementos de carácter material e inmaterial, objetivos y subjetivos, que abarcan desde la geografía y el clima hasta la economía, la política y la cultura, en todas sus manifestaciones, pues abarcan tanto las artísticas como las cotidianas (gastronomía, formas de vestir, norma lingüística social y familiar, etc.). Una identidad propia tiene la capacidad de asimilar influencias y herencias de otras identidades, acercarlas y terminar por apropiarse de ellas, nacionalizándolas. También tiene la posibilidad de relegar, y hasta de renegar en un momento, de ciertas pertenencias que la conformaron en una época. La política, la economía y los propios movimientos internos y evolutivos del organismo social pueden contribuir a acelerar cualquiera de esos dos procesos: tanto el de asimilación como el de relegación o negación.

Es curioso, sin embargo, cómo en ocasiones ni siquiera la política, la economía o la compulsión social consiguen que se produzca uno u otro de estos movimientos. En Cuba, a lo largo de tres décadas, uno de los casos más significativos fue la intención de generar una cercanía por la cultura y la sociedad soviéticas. Por 30 años la política del país, en todos los renglones posibles, pretendió conseguir ese acercamiento y transferirlo al territorio de la cultura y el espíritu. Pero un simple cambio de relación política entre los estados difuminó algo que solo se concretó en coyunturas muy específicas pero volátiles (como lo fueron casi todas las familias cubano-soviéticas) y en los discursos políticos, no menos combustibles y circunstanciales. Del mismo modo, la política y la economía pueden afectar las esencias de determinadas pertenencias identitarias hasta desvirtuarlas o hacerlas desaparecer. Otra vez entre nosotros, un caso lamentable ha sido el de las festividades carnavalescas, cuyo origen estuvo condicionado por el espíritu de resistencia cultural de los negros traídos de África, quienes a través de sus cabildos consiguieron conservar importantes elementos de su pertenencia cultural original, transculturándolas o enmascarándolas. Esos carnavales, agredidos durante las últimas décadas una y otra vez por decisiones políticas y carencias económicas, han terminado por convertirse en una manifestación desarraigada de lo que fue su espíritu ancestral y hoy son una actividad deformada hasta lo grotesco, sin atisbos de representatividad popular, que no importa demasiado si existen o no.

Rectificando el rumbo

En cambio, en ocasiones la fuerza de una identidad, o de determinados elementos de una identidad se sobreponen a todas las presiones políticas y consiguen su permanencia. Me parece apropiado citar un fragmento altamente simbólico y pertinente de la novela El siglo de las luces, de Alejo Carpentier: es el instante en que a la Cayena de Víctor Hugues regresan los representantes de la iglesia católica, por años estigmatizados por la Revolución. El retorno de curas y monjas ocurre gracias a que se ha firmado un Concordato entre París y Roma, del cual comenta el personaje de Sieger: “¡Y pensar que más de un millón de hombres ha muerto por destruir lo que hoy se nos restituye!” … ¿Cuántos cubanos no debieron, por tres décadas, ocultar su fe religiosa? ¿Cuántos no vieron limitadas sus posibilidades de ascenso social o político y hasta fueron marginados por creer en algún dios? Todo eso en un país que ahora recibe y reverencia a los pontífices romanos y les ofrece espacios públicos privilegiados para desarrollar sus prédicas… Pero, rectifiquemos el rumbo: ¿cuántos cubanos, a pesar de las décadas de ateísmo institucionalizado, participaron, con fe palpable, en la peregrinación que por todo el país realizó en el 2011 la Virgen de la Caridad, santa patrona de Cuba? Ninguna de estas preguntas necesita respuesta, pues todos las conocemos: por lo tanto, solo importan las preguntas en sí.

La capacidad de resistencia de determinados componentes identitarios, así como la fragilidad de otros en diversos momentos de su desarrollo es parte de la dinámica propia del proceso de evolución de una cultura y una espiritualidad nacionales. Por lo tanto, ninguna cultura puede pretender que conseguirá abolir por decreto político o por compulsión social la existencia de una práctica, costumbre o creencia arraigada. Pero, tampoco, ninguna cultura puede pensar que las acciones y decisiones que afecten a una práctica no pueden terminar por deteriorarla, desvirtuarla, o incluso aniquilarla.

El béisbol, a nivel universal, vive hoy su más profunda crisis de existencia. Ni siquiera el hecho de que su expansión haya sido exitosa en determinados territorios (al punto de que Holanda llegara a ser campeón mundial, algo que jamás ese país ha logrado en el fútbol) no alivian ese estado crítico. A mi juicio, dos enemigos tiene hoy el béisbol para su supervivencia: el más entrañable es su propia complejidad filosófica (en la que, paradójicamente, radica su riqueza y singularidad), una consecuencia muy propia de su origen racionalista y decimonónico; y, como segundo antagonista, tiene a la organización de las Grandes Ligas y todo el sistema comercial que la sustenta.

Las culpas deportivas cubanas

Del primer enemigo poco habría que hablar: solo que, incluso a los moradores del siglo XXI todavía amantes del béisbol nos pueden resultar insufribles cuatro horas de juego si no hay mucho “en juego”; del segundo, apenas decir que los intereses comerciales de sus máximos gerentes no han sabido aplicar con inteligencia estrategias como las del fútbol, que mueve millones de dólares no solo en las ligas profesionales, sino también en los campeonatos internacionales, a cuyos similares en la pelota, luego de quebrada la frontera entre amateurs y profesionales, nunca han asistido (o han mal asistido) las figuras más notables del momento. La consecuencia más visible de esas dos enemistades peligrosas ha sido la exclusión del béisbol del calendario olímpico (pertenencia por la cual tanto se luchó) y la difuminación de las tradicionales Series o Campeonatos del Mundo.

A la presión universal y epocal que pesa sobre el béisbol en todos los países en los que se practica masivamente, Cuba debe sumar sus propias culpas deportivas, políticas, económicas y culturales. Necesario resulta decir que, sobre todo, esas culpas caen en el territorio de la política y la economía, debido a cuyas decisiones y razones se están generando situaciones que afectan el papel del beisbol dentro de la realidad deportiva y la percepción espiritual cubanas. Sin profundizar en este aspecto, que daría para muchas conferencias, recordemos, entre otros factores 1. el éxodo de jugadores cubanos hacia los circuitos profesionales, cada día más lastrante; 2. los problemas internos de organización, estructura, competitividad y promoción que ha sufrido y sufre toda la pirámide del beisbol en Cuba; 3. el encarecimiento y dificultad que entraña la práctica masiva del beisbol, en un momento en el que los implementos resultan inalcanzables para los salarios reales cubanos y en el cual los espacios para el ejercicio de la actividad se han reducido o desaparecido (como ha ocurrido en todos y cada uno de los terrenos en los que por años jugué pelota en mi territorio), como se han reducido o desaparecido muchos niveles competitivos populares, laborales, estudiantiles; 4. la falta de estímulos a los jugadores y el descenso del nivel cualitativo de las competencias domésticas; y, para no hacer infinita la enumeración, 5. la desafortunada política de programación deportiva en los medios, una típica reacción de avestruz que preferencia con absoluto desparpajo la posibilidad de disfrutar de fútbol profesional del máximo nivel en contra de la programación televisiva de un único juego, y no siempre atractivo, del calendario diario de la Serie Nacional, lo cual, como se sabe, ha conseguido ya sus primeros efectos preocupantes en la preferencia cubana por el béisbol sin que, a nivel deportivo, haya reportado todavía un asomo de consuelo, pues el fútbol cubano ni siquiera se puede considerar que ha logrado llegar a ser competitivo.

Capacidad de resistencia

La varias veces mencionada y comprobada capacidad de resistencia del béisbol en el entramado cultural e identitario cubano, ¿será capaz de salvar esta práctica deportiva en medio de tan funestas coyunturas locales, globales y epocales?

Con independencia de las soluciones que con cierta urgencia se le debería dar desde la política o la economía a estos ingentes factores capaces de afectar la permanencia del beisbol en su lugar hegemónico dentro de la espiritualidad y la identidad de los cubanos, también se impone mover desde la cultura los resortes más sutiles pero a la vez eficaces que contribuyan a paliar la crisis de preferencia y permanencia a la que hemos llegado.

Resulta indispensable, en tal empeño, no solo el análisis verdaderamente crítico de la relación actual entre lo que es la práctica del béisbol y lo que representa este deporte en términos culturales e identitarios, sino, además, restablecer la conexión con un pasado, una tradición, una historia sin cuya existencia y gloria no hubiera sido posible que, todavía hoy, los cubanos tengamos una ligazón cultural genética con la pelota. Un ejemplo evidente de por dónde se podría empezar estaría en la restauración de un Salón de la Fama en la que todos los peloteros cubanos, todos, repito, con un historial deportivo que así lo amerite, deben estar presentes, como las joyas de la memoria cubana que son o, cuando menos, que deberían ser o haber sido. Como mismo las valoraciones políticas no pueden invalidar la pertenencia de un artista a una tradición y a una cultura (a pesar de que así se haya pretendido), tampoco resulta admisible, en términos de la identidad de un país –fenómeno en el cual, como hemos visto a lo largo de este recorrido, la política puede ser determinante, aunque su presencia y decisiones no pueden o deberían ser las únicas determinantes-, decretar la marginación, el olvido, la exclusión de integrantes de ese corpus cultural e identitario que es la pelota, solo porque pertenezcan a un pasado o hayan realizado su carrera total o parcialmente fuera del territorio geográfico del país, pues un pelotero cubano, juegue donde juegue, es un pelotero cubano y su labor enriquece el cuerpo de la tradición y el sistema de la identidad.

En un sentido paralelo –aunque confluyente, pues ya sabemos que en cierto punto las líneas paralelas llegan a unirse- estaría el empeño económico que permitiría restaurar la práctica verdaderamente masiva, competitiva, y hasta higiénica –como habrían dicho nuestros cronistas del siglo XIX- del beisbol como actividad integrante de la cultural nacional-popular. Crear terrenos, competencias, alentar pertenencias, democratizar la posibilidad de acceder a implementos, constituye una urgencia no para la posibilidad de obtener copas y medallas internacionales, sino para evitar la fractura de la identidad que se asoma como un tsunami en el horizonte de la cultura cubana.

En el punto de mira

También con la economía y la política en el punto de mira, la pelota cubana –y otros deportes que lo permitan- solo podrá elevar su techo competitivo y de calidades individuales si los jugadores participan del sistema universal competitivo y se accede a confrontaciones de más nivel que las locales. El fútbol y el voleibol brasileño se juega en Brasil y fuera de Brasil, igual que el baloncesto argentino y español, y el voleibol norteamericano tiene jugadoras dispersas por distintas ligas del mundo, por citar unos pocos ejemplos. Pero esos jugadores, que se enfrentan a los mejores de su momento, llegado el día de la convocatoria visten las franelas nacionales y obtienen para su país las medallas olímpicas y las copas mundiales.

Agreguemos a la lista fenómenos como la necesaria programación de béisbol internacional de alto nivel, la mejor difusión de la pelota local, la necesaria reestructuración de sus sistemas de competencia en todos los niveles, la relación armónica entre esfuerzo y nivel de vida de los jugadores, la apertura hacia el mercado deportivo, los cuales serían, entre otros, elementos a tener en cuenta para evitar el desastre que nos acecha.

La pérdida de arraigo del béisbol en Cuba ya tiene expresiones concretas y dolorosas. Por primera vez desde que existen campeonatos internacionales, en los últimos años hemos llegado a la coyuntura de nos ser campeones en ninguno de ellos. Mientras los jóvenes cubanos sean más fanáticos del Real Madrid o el Barcelona que de los Yanquis de Nueva York o los Chicago White Sox –donde, por cierto, en estos momentos juegan como regulares dos cubanos-, mientras se identifiquen más con los goles de Messi o Cristiano Ronaldo que con los jonrones de Alfredo Despaigne y José Dariel Abreu, acá, y de Kendry Morales y Yoenis Céspedes, allá, los síntomas de la enfermedad irán avanzando hacia un estado crónico del que, en cuestiones tan sensibles como el espíritu, la identidad y la cultura de una nación, las pérdidas suelen ser demasiado costosas, pues entrañan lo que caracteriza y define una nacionalidad, una nación.

*Este texto forma parte de una conferencia ofrecida en el 2011 y que el autor accedió a publicar en CaféFuerte en ocasión de cumplirse este 27 de diciembre el 140 aniversario del primer juego oficial de béisbol en Cuba.

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