¿Beneficio o deshonra?

Fuente: Diario de Cuba

Por José Hugo Fernández

21 de Diciembre de 2015

Asco, por encima de cualquier otra reacción, es lo primero que suscitan esas imágenes en las que el menor y tal vez el más corrupto entre la corrupta prole de Fidel Castro, aparece departiendo “amistosamente” en La Habana con los peloteros cubanos de Grandes Ligas. Convertir la añoranza y los sentimientos filiales en combustible para la politiquería es una indecencia. Y justo de ello se trata. Pues, con lo menos que ha tenido que ver esta visita de la MLB a nuestra isla es con el béisbol. Aunque no estoy seguro de que todos sus implicados directos —o todos sus espectadores y analistas— lo hayan comprendido cabalmente.

Espero entonces que se me disculpe que por esta vez obvie los detalles referidos a lo que pueda o no significar la novedad para nuestro béisbol en concreto. En resumidas cuentas, que la visita termine resultando beneficiosa o humillante no es algo que depende de lo que pensamos los aficionados cubanos a la pelota. Y mucho menos de lo que trama el régimen (que es cosa sabida), sino de lo que decidan en un futuro próximo los directivos de la MLB, solo ellos.

La política, cuyo ejercicio se constriñe en Cuba a los caprichos de la dictadura, ha dispuesto con normas de hierro las materias a las que durante medio siglo debieron o no dirigir su atención los historiadores, antropólogos, economistas, sociólogos y demás estudiosos de las ciencias sociales, así como los críticos y analistas del arte, el deporte, la literatura y los medios de información, el sistema de educación en todas las áreas y niveles, o las empresas editoras de libros.

Es puro desvarío institucionalizado, con saldo de debacle cultural, cuyas consecuencias ni siquiera se pueden pormenorizar aún, puesto que el desmadre no ha concluido. No obstante, en lo que concierne a las grandes estrellas cubanas del béisbol profesional, bien conocido es que fueron borradas de la memoria colectiva. Figuras, hechos, capítulos completos de la historia, son olímpicamente ignorados hoy por la generalidad de nuestras nuevas generaciones.

68 famosos jugadores habían inscrito sus nombres en el Salón de la Fama del Béisbol cubano, ubicado en el estadio habanero de La Tropical, cuando, en 1961, el gobierno revolucionario abolió el béisbol profesional y, por extensión (ideológica), lo recubrió con un manto de sombras, que durante medio siglo impediría engrosar su lista con nuevas glorias, la mayoría de las cuales son actualmente desconocidas por completo para los aficionados de la Isla.

El principal argumento sostenido entonces por los recién estrenados dueños de nuestro destino era que el profesionalismo representaba la explotación del hombre por el hombre, y que entre sus contratos no pesaba para nada el ser humano.

Al abolir esta práctica y negarle al pueblo, por decreto, todo acceso a informaciones relativas a su ejercicio, el régimen impedía a los cubanos comprobar por sí mismos si su medida había sido realmente justa y, sobre todo, si en verdad representaba el deseo y los intereses de la mayoría de la gente.

Con el béisbol controlado en forma absoluta por la política, pudo verse muy pronto que sus jugadores simplemente habían cambiado de patrón. Solo que para ellos, y para el gran público aficionado, resultó imposible establecer comparaciones entre unos y otros patrones, debido al estado de total aislamiento en que fueron sumidos con respecto al profesionalismo. No es necesario insistir en las comparaciones que ya se han hecho tantas veces entre el deporte profesional y el amateur. Basta con refrendar, aunque sea sucintamente, cuán injusto fue el poder político con los jugadores y aficionados del béisbol. Primero, al imponerles su dogmática voluntad, ajena por demás al deseo de la mayoría. Segundo, al no permitirnos el más leve conocimiento que facilitara cotejar por nosotros mismos los perjuicios y beneficios de ambos sistemas.

A las nuevas generaciones de peloteros cubanos, que, por más brillantes que fuesen, verían a sus familias sumidas en la peor miseria económica, sin presente y con un futuro que solo era alcanzable en los discursos, les correspondía al menos el derecho de conocer que incluso antes del triunfo de la revolución, en los años 50, Orestes Miñoso, un negro que había sido cortador de caña para un central azucarero de Matanzas, ganaba 2.400 pesos mensuales como estrella de un equipo del béisbol profesional cubano, en una época en la que quienes cobraban en la Isla salarios de 100 pesos tenían resueltas todas sus necesidades básicas.

Los jugadores de las distintas selecciones cubanas para confrontaciones internacionales del béisbol amateur post-revolucionario, en vez de permanecer bajo humillante vigilancia policial en sus viajes al exterior, en vez de tener prohibido expresar libremente sus opiniones en la prensa o intentar los más mínimos contactos con profesionales, ni aun cuando fuesen sus parientes, debieron tener al menos el derecho de buscar retroalimentación (aunque sea de carácter técnico) en torno al ejercicio de su deporte en las Grandes Ligas, que representan la meca del béisbol. Eso por no hablar del dilema que ha constituido y todavía constituye para un pelotero cubano arriesgarse a huir de su dotación (como en tiempos de la esclavitud) para probar suerte en el profesionalismo, un impulso del innato espíritu de superación que nuestros nuevos explotadores del hombre decidieron catalogar, absurda y aberrantemente, como delito político y traición a la patria.

Martín Dihigo, Atanasio Rigal Pérez (renombrado en la historia como Tani), José de la Caridad Méndez (El Diamante Negro), y Cristóbal Torriente son peloteros cubanos que integran el Salón de la Fama del Béisbol, en Cooperstwon, Estados Unidos, que es una especie de Olimpo para los jugadores. Con la excepción de Dihigo, llamado con justicia El Inmortal, y cuyo nombre al menos es medianamente conocido por muchos aficionados de la Isla, a los otros no los conoce casi nadie, se podrían contar con una mano los aficionados del país que son capaces de identificarlos en fotografías, y conforman multitud los que ni siquiera han oído mencionar sus nombres. Eso por no hablar de la ignorancia generalizada acerca de sus hazañas deportivas. 1977, 2000 y 2006 (en el caso de los dos últimos), fueron los años en que estos cuatro titanes ascendieron a la cumbre del Salón de la Fama. Quien busque la más leve alusión entre las noticias de los medios oficiales cubanos, según las fechas en que coparon titulares internacionales, estará perdiendo el tiempo.

Se conoce que Tony Oliva, un negro pobre de Pinar del Río, que tuvo que escapar de la Isla con pasaporte falso, y que en Estados Unidos logró romper casi todos los récords ofensivos del béisbol profesional, ha vivido penando durante toda la vida por no poder compartir cada una de sus cuantiosas hazañas con el público cubano. Mucho más conocido es (porque él no se cansa de pregonarlo) el caso de Orlando “El Duque” Hernández, quien, siendo pitcher estelar de los Yankees de Nueva York, seguía considerándose miembro del equipo habanero Industriales y deudor de sus aficionados. Con el drama de este virtuoso jugador de béisbol, uno de los mejores lanzadores en la historia de la pelota post-revolucionaria, bien podría filmarse una película de horror y misterio.

Cuando las autoridades deportivas de la dictadura sospecharon que a El Duque le tentaba la idea de jugar como profesional, lo suspendieron como pelotero, no pudo jugar más, y fue sometido a permanente acoso policial. Parece que la intención oficial, macabra donde las haya, era mantenerlo inactivo durante el mayor tiempo posible, con el fin de que (como ya tenía 32 años de edad) llegase a destiempo y sin entrenamiento al profesionalismo, si es que alguna vez conseguía llegar. Ello lo condujo a la casi suicida determinación de escapar en una frágil barcaza. Pudo morir en el intento (como les ha ocurrido a miles), pero lo cierto es que en diciembre de 1997 alcanzó las costas estadounidenses. Lo demás es historia, de gloria para él, de frustración para sus aficionados y de vergüenza (si la tuviera) para la dictadura de nuestra isla.

Hubiera resultado al menos esperanzador que en esta primera visita oficial a Cuba de la Major League Baseball, después de una larga trama de horror y misterio, trajeran por delante a “El Duque” Hernández, en tanto figura emblemática. Pero ya sabemos por qué no vino. Y no es que no sean ejemplares los que vinieron. Lo que pasa es que nos remiten —tal vez injustamente— a lo que escribió Dostoievski: “No hay para el hombre preocupación más constante que la de buscar cuanto antes, siendo libre, ante quién inclinarse”.

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