Bola muerta

Fuente: OnCuba Magazine

Por Abraham Jiménez Enoa

30 de Septiembre de 2014

La primera semana de la 54 Serie Nacional se ha esfumado y no ha dejado ni una sola nota de color, ni un solo pasaje rememorable. A uno le cuesta asumirlo, digerirlo, pero jornada tras jornada queda ese sabor amargo. Más allá de la inmaculada foja de Industriales en seis desafíos, más allá del desafuero con el madero al hombro de Alexei Bell, Roel Santos o el menor de los Gourriel, más allá de los dos partidos diarios televisados, la Serie Nacional ha ido tan en picada, ha llegado a tal punto, que cuesta creer que podrá recuperar esa devoción de antaño para salir de los nubarrones grises que la tuercen.

Mira que uno lo intenta y lo intenta, por convicción, por pena, porque a veces no le queda de otra que sentarse delante del televisor a observar “aquello”, pero de verdad que no se puede –conozco quienes sí. Ha perdido todo tipo de credibilidad con sus 130 jugadores noveles que debutan en la temporada, una cifra alarmante, de la cual todavía periodistas y comentaristas deportivos se vanaglorian, válgame dios. Inconcebible.

No existe ahora mismo en las 16 nóminas de la Serie Nacional, un solo jugador que por sus cualidades se considere un fuera de serie, una estrella, un hombre capaz de llenar una fila de palcos por su desempeño en la grama. Los que no se han trepado a una lancha y se han marchado a alguna Isla del Caribe con el fin de buscar otra nacionalidad para enrumbar sus carreras en la Major League Baseball (MLB), han sido contratados en el lejano oriente por alguna franquicia nipona de aquella liga profesional por lo que no han comenzado la campaña. A modo de eslogan: “No toque, evítese el disgusto, no hay nadie en casa”.

Eso ha hecho que el torneo se vuelva un tedio, un campeonato deslucido que trata de sobrevivir a base de aspavientos de una turba de adolescentes que intentan deslumbrar y algunos veteranos de guerra –quedan muy pocos- que juegan hasta por inercia, creo yo. Lo creo porque no concibo que la serie Nacional se haya quedado sin clásico, que el legendario enfrentamiento entre Industriales y Santiago de Cuba pase por pasar, desapercibido por el calendario y ni siquiera levante un poco de morbo, de expectación, ya no le queda ni una pizca de mística. Eso lo dice todo. No hay espectáculo, el show ha mermado demasiado y la puesta en escena no resulta sugerente.

Hasta dónde hemos llegado que no puede producirse el más mínimo roce en una almohadilla o en el home plate que enseguida se arma una trifulca y en su continuación la algarabía y la desfachatez de los dugouts. O la nueva moda: el pitcher que no puede, que le es imposible soportar una conexión de vuelta completa porque su imagen no puede quedar castrada de esa manera, y por lo tanto, tendrá que tomar desquite con el próximo bateador en turno o en su defecto, esperar a que regrese el villano del cuadrangular, para entonces lanzarle la bola a una costilla, a la cabeza, y dejar claro que el jonrón es cosa de otro mundo.

Esto último, como pasaje, no es del todo deplorable. De hecho, en todas las ligas del mundo existe, lo que es inadmisible que todo gire en torno a ello, desde la Comisión Nacional y sus constantes circulares hasta los fanáticos, desde los medios de prensa y su discurso estentóreo hasta la desidia de un pueblo hastiado por el desorden de una de sus pasiones.

La Comisión Nacional pensó que con las multas a los jugadores por las indisciplinas cometidas en el terreno de juego iban a frenar los incidentes, que con la “circular” de los pelotazos intencionales el oeste iba a terminar, pero no, la historia sigue. La Serie Nacional sigue pareciendo cualquier cosa menos eso y sus padecimientos le han terminado por triturar el rostro, malformaciones congénitas heredadas de un sistema, de ideas mal elucubradas y desacertadas puestas en práctica.

Si bien la afición seguirá fungiendo como tal, incluso, habrá hasta quienes se desgañiten, no se puede negar que los límites han quedado reducidos. El tiro a la inicial se ha escapado y la bola ha entrado al dugout, el árbitro de primera levanta sus dos brazos: “bola muerta, corredor a segunda”.

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