La Serie Nacional juega su último inning

Por Rogério Manzano

2 de Abril de 2010

La existencia de la Revolución Cubana depende, casi misteriosamente, de cuánto más pueda vivir Fidel Castro para dirigirla. Pero, la vida de la Serie Nacional depende, literalmente, de cuánto más pueda resistir el castrismo a un cambio social en Cuba.

Predicciones políticas aparte, ¿se encuentran los peloteros de la Isla listos para reinsertarse en un auténtico ambiente profesional? ¿Existen las condiciones adecuadas para jugar béisbol profesional en Cuba? ¿Están los fanáticos preparados para enfrentar y aceptar la desaparición de la Serie Nacional tal como la conocemos hoy?

Como el resto de los escenarios que vaticinan los expertos, después de la desaparición del castrismo y el paso de la sociedad cubana hacia una apertura más participativa con todas las tendencias y opiniones, este también es un formidable fenómeno capaz de generar otro complicado conflicto de intereses.

Durante los últimos 50 años las actuales autoridades han garantizado que se celebre, sin excepción, cada temporada beisbolera cubana y que cientos de atletas se integren y participen de ese propósito ininterrumpidamente. Pero, respaldar la competencia no significó asegurar el espectáculo, ni avalar la participación representó proteger la calidad.

Casi de modo constitucional, el gobierno de Castro reglamentó un equipo de pelota por cada provincia del país e impuso una absoluta representación territorial que no posee ninguna Liga de béisbol en el mundo. Sin embargo, también ensambló un torpe e ineficiente andamiaje burocrático formado por dirigentes deportivos y funcionarios del Partido Comunista, que administraron el pasatiempo nacional bajo un rígido diseño ideológico.

En cuanto a los peloteros cubanos, fueron subsidiados con un raro estatus amateur que les aseguró una vida laboral básica, pero a cambio, ellos entregaron sus mejores facultades atléticas por un menesteroso salario colectivo.

Además, desde un punto de vista más orwelliano, se les ordenó vestir de por vida sólo el uniforme de sus lugares de residencia y se les ponderó la integración de la selección nacional, sus triunfos olímpicos y sus conquistas mundiales, como paradigmas del máximo esfuerzo del “hombre nuevo”.

Aún cuando, en apariencia, se han celebrado 48 exitosas Series Nacionales desde 1962, el marcado patrón estatal con que han sido delineadas no ha dejado margen, ni a la espontaneidad natural, ni a la frescura evolutiva de una institución que, como la misma sociedad, se ha anquilosado en sus errores y ya no puede progresar, ni sobrevivir, sin la subvención del gobierno.

En momentos en que las actitudes cívicas en la Isla viven intensas transformaciones, la economía estatal se torna más frágil que nunca y el inmovilizado discurso gubernamental se atrofia con las nuevas tecnologías, es evidente que la Serie Nacional está condenada a desaparecer con la muerte de Castro y su inútil proyecto político-ideológico.

Es obvio que quienes recibirían un cambio con mayor agrado serían los propios peloteros. Hastiados de tantas prohibiciones, obstaculizados de probarse en los niveles más exigentes e imposibilitados de proveer un adecuado sustento a sus familiares sin ser sentenciados como traidores a la Patria, ellos han decidido protestar de la única manera en que el sistema no se los puede impedir: con las evasiones.

No será sencillo lograr una rápida transición de la Serie Nacional hacia una organización profesional. Del mismo modo que la mentalidad del cubano actual necesita abrirse a la complejidad de oportunidades que ofrece el espectro de una sociedad de pensamiento libre, también deberá aceptar y entender que la pelota necesita una nueva visión acorde con los tiempos en que vivimos.

Pero, aunque hoy mismo cambie el sistema de gobierno cubano, todavía en el país no están dadas las condiciones materiales y logísticas para establecer de inmediato un circuito beisbolero al más alto estándar profesional; en cambio, el valor del material humano que existe dentro de la Isla, y fuera de ella, es incalculable para lograr un proyecto exitoso a corto plazo.

No dudo ni por un instante que después de la Serie Nacional habrá pelota profesional en Cuba, y de la buena, porque ese es un pueblo industrioso, imaginativo y exitoso, y lo será más aún cuando tenga plena libertad política y económica, pero, ¿y los fanáticos? Tal vez sea este el aspecto más emotivo, por la sensible pasión beisbolera que identifica a nuestros compatriotas.

No obstante, cualquier organización que se instituya para guiar el futuro de la pelota cubana no le será posible, ni rentable, volver a configurar otra enorme parafernalia como la actual, con un excesivo número de jugadores (muchas veces a medio formar), estadios municipales sin condiciones requeridas para un evento tan importante o, sencillamente, una entidad repleta de funcionarios y burócratas estériles alrededor de un evento que, en las sociedades comunistas son inherentes a su aparato improductivo, pero que en el mundo real son una pérdida de inversión incongruente.

Lo presumible es que una metamorfosis de este tipo también pudiera aquejar varios traumas anímicos para los aficionados. Pensemos por un momento en ese fiel fanático del equipo de Pinar del Río quien, por no contar con otras alternativas en materia de bolas y strikes durante estos años, se dedicó toda su vida a venerar a los pativerdes de Vueltabajo, y de repente se levante al siguiente día con la noticia de que su novena de pelota favorita ya no existe.

Probablemente algunos hasta quieran reclamar una consulta popular o exijan un referéndum público. De cualquier modo, cuando la Revolución tomó la regencia del béisbol en 1962 eliminó de un tajo, y sin consultar a los fanáticos, todas las instituciones y los equipos tradicionales que, en casos como Alacranes del Almendares y Leones del Habana, llevaban más de 70 años en el escenario invernal.

Quizás, una suerte de karma beisbolero podría repetir ese mismo incidente en el futuro. Entonces, un rediseño del campeonato hacia un nuevo esquema profesional acabaría para siempre con la leyenda de los Industriales, las Avispas de Santiago o los Naranjas de Villa Clara, y un sufrimiento de pasiones terminaría por ahogarse en la nostalgia de la última memoria histórica.

Todavía no hay que sufrir por lo que no ha sucedido. Al cabo, nadie sabe qué pasará exactamente mañana en Cuba, pero de cualquier modo comiencen a recojer los bates, porque la Serie Nacional ya juega su último inning.

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