Razones para dudar de una nueva estructura

Por Rogério Manzano

22 de Enero de 2012

Tiemblan los cimientos de la Serie Nacional otra vez. Cual ráfagas de artillería homicida, los murmullos sobre una nueva estructura comienzan a tabletear en el horizonte. Pobre béisbol cubano, por los últimos 50 años no ha tenido paz, ni estabilidad posible.

Pero, ¿quién asegura que la tendrá ahora? Permítanme (es mi derecho) a volver a ser escéptico, a dudar, a no creer que en esta oportunidad funcionará.

La primera razón es muy simple. La fórmula que ya se ha filtrado y, aparentemente se pretende implementar para la venidera contienda de 2012-13, propone una Serie Nacional con 66 partidos y 16 equipos -sin Metropolitanos- seguida de otro torneo de alrededor de 42 juegos, con las 8 selecciones clasificadas a los playoff y reforzadas con siete peloteros de más alto rendimiento en la primera etapa.

¿Cuál es la novedad aquí? Ninguna. Este esquema es casi una copia al papel carbón del que se utilizó en las temporadas de 1996-97 y 1997-98 con la entonces llamada Copa Revolución, pero que después no floreció como la competencia superior que necesitaba el pasatiempo nacional.

¿Se acuerdan de la Copa Revolución? Prepárense para escuchar la misma historia.

En aquella ocasión se celebró la campaña de 1995-96 con 16 equipos y se efectuaron 65 partidos, entre el 18 de Noviembre de 1995 y el 25 de Febrero de 1996. Luego se desarrolló la postemporada entre los campeones de cada grupo (A, B, C y D) para determinar el líder zonal y, finalmente, el playoff para decidir el campeón de la XXXV Serie Nacional.

Semanas más tarde, a la cuarteta que luchó por el título (Industriales, Pinar del Río, Villa Clara, Santiago), se le sumaron los cuatro segundos lugares de cada grupo (Matanzas, Habana, Camagüey, Granma). Los ocho conjuntos fueron reforzados con cinco peloteros de los equipos perdedores y de inmediato se lanzaron a la persecución del gallardete copero, en un certamen de 30 partidos, con playoff incluído.

Empero, (y léase bien) este sistema duró en la pelota isleña apenas dos años, en una época donde la vida diaria del fanático cubano estaba signada por los infames apagones del eterno Período Especial, y las noticias sobre los mal llamados “desertores” comenzaban a incluir en sus crónicas de escape a destacas figuras.

Hasta ese año de 1996, además del ilustre René Arocha, ya se habían marchado del país, entre otros muchos, beisbolistas que luego aparecerían, mínimo, en una temporada de Grandes Ligas, como los casos de Reinaldo Ordoñez, Rolando Arrojo, Ariel Prieto, Vladimir Nuñez, Edilberto Oropesa, Michel Hernández, Alberto Castillo y Willliam Ortega.

Las Copas Revolución desaparecieron en 1998. Después no hubo otra lid élite hasta el año 2002 en que se organizó la conocida Súper Liga. Pero, esta última apenas duró cuatro torneos y se clausuró en el 2005. Ahora, casi ocho años después de aquel último fracaso para tratar de “elevar el techo” de la pelota cubana, la Comisión Nacional se baja con un “remake” de otra Copa Revolución.

No quiero sonar hipercrítico contra todo lo que hagan, pero le voy a augurar a esta “nueva” receta de estructura una permanencia de tres o cuatro ediciones. Una vez que pase la furia por el cambio, ya verán lo que sucede: más tierra sobre los maltratados récords y las vilipendiadas estadísticas, más mugre sobre la seriedad del béisbol cubano.

Cuando en un período de apenas 50 años se le han endosado más de 24 modificaciones a las Series Nacionales es síntoma de que nadie supo, ni aún sabe, lo que está haciendo. Se ha improvisado tanto, y tan seguido, sobre los mismos errores, que el único resultado verdadero ha sido y es, seguir modificando.

Pero, el problema de la pelota cubana no está en su estructura, en inventar otra Selectiva, o en jugar 100 partidos más. Ese es apenas el menor de los inconvenientes. El problema de la mal llamada “pelota revolucionaria” radica en su concepto. Ese es el mayor y más grave de sus dilemas.

Una organización de baseball no se puede dirigir, o funcionar, sobre la base del comprometimiento ideológico o fundamentos colectivistas, sino como una empresa privada donde se exige y se paga por el resultado del trabajo. El éxito se logra donde estén los mejores, los más capaces, los más inteligentes, independientemente de su afiliación política, de sus creencias religiosas o, incluso, de su orientación sexual.

Dentro del nuevo proyecto también se habla, entre otros temas, jugar los partidos en horas de la noche, mantener la Liga de Desarrollo, incrementar los cursos para directores y árbitros, retomar la transmisión de los choques por las emisoras provinciales desde otras regiones, y en particular, ese que ya es todo un cliché dentro del lenguaje beisbolero cubano: “actualizar el pensamiento técnico táctico”. Es decir, todo un santuario de impedimentos que desde hace décadas se repiten una y otra vez pese a los constantes cambios de estructuras.

No obstante, la parte que más llama la atención es la referida al “aumento salarial, material y social de los deportistas, un mayor estímulo a los campeones, la transmisión de choques de las Ligas Profesionales y la urgente necesidad de insertar peloteros en esas justas”.

Si con el esquema de estructura propuesto, se acaban los deseos por imaginar lo que vendrá, qué otras ilusiones se pueden acumular para estas posibles reformas. Pero, olvidémonos por un instante del asunto del aumento salarial, que nunca irá más allá de la barrera de los 500 pesos en moneda nacional, y cuestionemos los dos restantes.

¿Realmente se puede pensar en un partido diario de Grandes Ligas por Telerebelde? Esto suena tan difícil de creer como que Taladrid pague los derechos de transmisión al History Channel por los documentales que piratea para su programa. Las Grandes Ligas son tan políticamente incorrectas para el béisbol y el pueblo cubano que jamás serán televisadas en la Isla mientras exista en el poder alguien con el apellido Castro.

Tampoco hay que hacerse ilusiones con las Ligas del Caribe. Si Julita Osendi no se atrevió a mencionar el nombre de Kendrys Morales en un documental de pelota en Cuba, cómo suponen que Rodolfo García o Modesto Agüero puedan narrar en vivo un choque entre las Águilas Cibaeñas y los Tigres del Licey, donde, probablemente, se encuentren Yoennis Céspedes y Francisley Bueno.

Quizás logren hallar una alternativa en los circuitos japoneses o coreanos, pero desde luego, si utilizan el mismo método de Taladrid para obtener los derechos de transmisión.

Por otra parte, ¿cuán urgente es que los peloteros cubanos se inserten a jugar en las Ligas Profesionales? La misma premura que tiene el gobierno cubano de obtener divisa dura para poder sostener unos años más el comunismo en la Isla.

Visualicen ahora a los peloteros cubanos en misión internacionalista, al estilo de las brigadas médicas.

Primero, hay que pensar que un monto considerable del salario de sus contratos iría a las arcas de Cubadeportes SA, o el gobierno, que para el caso es lo mismo. Los atletas recibirían entonces cierto porcentaje, que obviamente, cualquiera que fuese la cifra, siempre sería sustancialmente más valiosa que lo que cobran en la actualidad por jugar en la Serie Nacional.

Es cierto que en todas las ligas profesionales los atletas tienen que pagar impuestos, pero los procedimientos financieros de otros países no se comparan con los que utiliza el gobierno cubano. Al final tendríamos no más que otro inescrupuloso ejemplo de moderna esclavitud socialista.

Segundo, un acuerdo económico con las Grandes Ligas es totalmente irrealizable, por el mero hecho de existir un embargo comercial de Estados Unidos hacia Cuba. A la Comisión sólo le restarían dos opciones para buscar dinero: los circuitos del Caribe o el lejano Oriente.

El sueldo de un pelotero en el área del Caribe varía en depencia de la organización, el equipo y el país donde juegue; también de su categoría y experiencia, si es jugador de Ligas Menores, si es ligamayorista o novato, etc. El salario puede oscilar en un rango de dos mil o tres mil dólares para los beisbolistas con modestos resumés hasta más de 50 mil al mes para algunas de las estrellas de Grandes Ligas que a veces hacen breves apariciones en estos certámenes.

Pero, el riesgo de una inversión aquí es más políticamente peligrosa que el número de ceros que Cuba pueda obtener en los cheques de sus deportistas. En los circuitos caribeños, el atleta “revolucionario” estaría asediado constantemente por los scouts y bajo la influencia inevitable de los peloteros, no solo “desertores”, sino de otros latinos que hablan el mismo idioma y tienen una idiosincracia parecida, los cuales podrían compartirle de primera mano sus experiencias a nivel de Grandes Ligas. Suficiente para calar hasta los huesos cualquier tipo de tentación y mandar al diablo a Cubadeportes, a la Serie Nacional y al mismísimo Higinio Vélez.

Como en el el acápite anterior, la elección asiática parece ser la más apropiada. Por lo regular, los equipos japoneses emplean entre 65-75 jugadores extranjeros anualmente y los salarios oscilan entre 400 mil, hasta un millón de dólares. En cambio, cada club puede tener apenas 4 peloteros extranjeros en el roster y únicamente tres pueden actuar en un partido a la misma vez.

En el 2002, los Dragones de Chunichi firmaron a Omar Linares, de 34 años, por el equivalente de unos 4000 dólares mensuales, según Baseball America. A menos que otra vez intenten vender sus estrellas más veteranas como mano de obra barata (Ariel Pestano, Rolando Meriño, Ariel Borrero, Reutilio Hurtado, Ciro S. Licea, Mario Vega o Eriel Sánchez, tienen o sobrepasan los 35 años de edad) esta ola de expectativas reformistas que traquetea en el horizonte beisbolero cubano, permanecerá en un limbo virtual del mismo modo que el fenómeno migratorio: mucho estudio, mucho análisis, mucha espera, para no llegar a ninguna solución real.

One Response to Razones para dudar de una nueva estructura

  1. victor ramos says:

    excelente

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