¿Qué hay con la identidad del béisbol cubano?

Fuente: Universo Béisbol

Por Reynaldo Cruz

5 de Marzo de 2015

Desde que en noviembre se reinaugurara o se reabriera el Salón de la Fama del Béisbol Cubano, encabezado por un grupo de aventureros que se hicieron llamar los “entusiastas”, una ola de criterios a favor y en contra se volcó en dirección al ciberespacio. Muchos alegaron —con toda razón— que desde los años 30 había existido un Salón de la Fama del Béisbol Cubano, mientras que otros, que celebraron el hecho, criticaron la exclusión inicial de la figura de Antonio Pacheco, algo que si bien no fue consensuado sí tuvo gran parte de condicionamiento externo como consecuencia de presiones nada sutiles ejercidas por las autoridades beisboleras allí presentes.

Lo que ha venido después, empezando por el silenciamiento casi total por parte de la prensa, sobre todo la televisiva teniendo en cuenta que algunos de los principales narradores cubanos se disgustaron mucho por no haber sido electos en el comité del voto final —esto no es mentira, yo estuve allí y lo vi—, eso sin contar que apenas hicieron acto de presencia en las reuniones celebradas en el Salón Adolfo Luque del Estadio Latinoamericano, durante el tiempo de las reuniones y debates y luego de los mismas.

Hoy, apenas un par de días luego de la lamentable pero lógica e inevitable muerte de Saturnino Orestes Armas Arrieta, o Minnie Miñoso, como pasaría a la inmortalidad, me he decidido a responder con criterios propios —que nada tienen que ver con las posibles informaciones que pueda poseer pero que no poseo— a las interrogantes que sobre el tema me ha hecho más de un lector como comentario en el sitio.

Se habla a todas voces de la intención de imponer un cambio en la nomenclatura del proyecto, o sea, que deje de llamarse Salón de la Fama del Béisbol Cubano, como si nosotros fuésemos extraterrestres y tuviésemos que llamar de otra manera algo que todo el mundo del béisbol a nivel global llama por ese nombre o como si aislarnos del resto del mundo (estrategia que se ha demostrado ineficaz y dañina) fuese lo más acertado. Claro, que esto tiene la evidente intención de eliminar ciertos conceptos presentes en los estatutos, que indican que no se discriminará a nadie por raza, procedencia social, creencia religiosa, lugar de residencia o ideas políticas. Por supuesto, que esas dos últimas están marcadas porque son precisamente la causa por la que algunas personas —sobre todo con cierto grado de capacidad de tragarse a los peces más pequeños— se empecinen en llamarle Salón de las Glorias (que Viven en Cuba), o algo parecido; y todo parece implicar que de no adoptarse el cambio de nombre el proyecto corre el riesgo de desaparecer (claro, que el cambio está ya impuesto, nos guste o no).

Todo esto, sin contar con la nebulosa que rodea el lugar donde debería o podría estar el museo, el Centro José Antonio Echeverría, antiguo Vedado Tennis Club.

Este supuesto cambio sería una bofetada primeramente a la idea de que se premie la excelencia beisbolera, pero más que todo, sería caer NUEVAMENTE en el terrible error de eliminar la historia y pretender que nunca ha sucedido. Esta película se repite, pero más que nada, ya con una cinta de mala calidad. La historia, por encima de todo, debe ser contada tal y como fue, no editada (ya sea para edulcorarla o amargarla) de manera tal que muchas de las cosas que suceden no tengan luego explicación para las próximas generaciones, bombardeadas constantemente con fútbol de calidad y documentales sobre Maradona, o Pelé, o Messi. ¿Qué interés puede tener un joven en el béisbol cuando los nombres utilizados por los narradores para poner ejemplos pasados son cada vez menos, y en ocasiones dejan de ser los correctos? ¿Cómo es posible que se mencionen los grandes defensores del segundo cojín en la televisión y alguien obvie a Antonio Pacheco ya sea de manera deliberada o accidental?

La posición adoptada por quienes intentan descarrilar una institución que más que un edificio o un salón físico es una institución académica, cuyo principal objetivo es estudiar, rescatar la historia (con sus partes buenas y malas) y hacer que el béisbol de una nación se imperecedero y propio de ella, es ilógica, injustificada y hasta cobarde. Ante todo, hay que tener el coraje de admitir que hubo en Cuba grandes jugadores que prefirieron escoger otro camino y que en su siguiente decisión también brillaron (como el caso de Orlando “El Duque” Hernández), u otros que lo hicieron simplemente porque sus padres fueron los que tomaron la decisión por ellos (como el caso de, esteroides aparte, José Canseco). Pero por encima del coraje, tiene que prevalecer el sentido común: se trata de la historia y la identidad del cubano, que sufre cada vez que alguien mutila parte de esta por causa de una decisión (la de vivir o jugar en otro país) tan personal como cambiar de peinado o vestirse de negro.

El error más grande —contando todos los que ya se han cometido— con respecto a la historia del béisbol cubano es fingir que algo no sucedió porque sus protagonistas ya no están en Cuba o que alguien no existió por la misma causa. Esa primitiva e incivilizada actitud, además de ser propia de la Guerra Fría, no es nada diferente de aquella tan criticada en todos los espacios por los medios cubanos: la que adoptan muchos medios de prensa occidentales al obviar todo lo bueno que pueda suceder en la Isla y resaltar y exagerar lo negativo. ¿Podrá alguien borrar de la memoria de muchos santiagueros el jonrón de Antonio Pacheco ante Pedro Luis Lazo en el Play off de 2001? ¿Podrá alguien olvidar los 13 ponches que propinó José Ariel Contreras a Estados Unidos en la final de los Juegos Panamericanos de Winnipeg 1999 o el gran juego que lanzó en la semifinal de la Copa Mundial de Taipéi 2001 ante Japón?

Estamos hablando, por supuesto, de hechos históricos que deberían ser archivados, relatados y si es posible recreados y rescatados por parte de una institución como el Salón de la Fama del Béisbol Cubano. Y por supuesto, están las figuras, aquellas que no están en Cuba, y no viven o no han muerto en la Isla. En estos momentos, en los que las políticas de ambos países parecen acercarse, un muro de desentendimiento, aislamiento e incomunicación parece rodear al béisbol cubano con más fuerza que nunca.

El re-nombramiento de algo que ha sido re-fundado y corre el alto riesgo de ser re-olvidado o re-enterrado —sobre todo sabida la decisión de su principal promotor Ian Padrón de radicarse fuera de Cuba, que desconocemos cuánta relación guarda con este proceso— tiene marcados sus objetivos, y no son precisamente asegurar su supervivencia o longevidad, sino el manifiesto y nada sutil propósito de regirlo por la política, en lugar de hacerlo por la excelencia beisbolera.

Cuba está hoy corriendo más que nunca el riesgo (¿o no es un riesgo, sino parte de un plan?) de dejar morir su béisbol —o asesinarlo, que es mucho peor— porque como mismo los ingredientes de cada receta cumple un objetivo en el sabor y la exquisitez del plato, cada jugador que ha pasado por las Series Nacionales, o que ha nacido en Cuba ha tenido su función o su incidencia en la historia del béisbol de la Mayor de las Antillas —y hay que incluir también a los extranjeros que jugaron en la Liga Profesional Cubana antes de 1959. Ya sea por su accionar dentro de las Serie Nacionales, o como miembros del equipo Cuba, o como jugadores de una liga extranjera, cualquiera que esta sea, ha sido asociado con Cuba, para bien o para mal, y para bien o para mal deberá ser recordado y puesto dentro de los libros.

Si tan importante es eliminarlos, ¿no sería también lógico que cuando alguna autoridad vaya a jactarse o a vanagloriarse de la enorme cantidad de títulos internacionales que ostenta Cuba no cuenten aquellos en los que los “desertores” o “traidores” tuvieron una gran incidencia o fueron protagonistas?

O sea, pensemos un poco: eliminemos por ejemplo, el título alcanzado en Winnipeg, pues los dos lanzadores que Cuba usó en la final (José Ariel Contreras y Máels Rodríguez) abandonaron el país; descontemos también el subtítulo alcanzado en el Clásico Mundial de Béisbol de 2006, pues el lanzador que mantuvo en cero en la semifinal a la poderosa tanda de República Dominicana, encabezada por David Ortiz, Adrián Beltré y Albert Pujols, fue Yadel Martí; pasemos por alto el título que se alcanzó en la Copa Mundial de Taipéi de China 2001, pues Contreras estuvo hermético en la semifinal contra Japón; descartemos el triunfo en 1999 contra los Orioles de Baltimore, pues en ese desafío participaron individuos como el propio Contreras, Antonio Pacheco, Andy Morales; eliminemos también el título Intercontinental de 2003 en La Habana, pues Yobal Dueñas disparó el batazo decisivo; y sobre todo, podríamos también eliminar el sacrosanto e intocable título mundial alcanzado en Parma 1988 (sí, ese al que le han atribuido el título de más espectacular), pues allí estaban Pacheco, Euclides Rojas, René Arocha, Orlando “El Duque” Hernández… creo que me he hecho entender.

Cuba se está quedando, poco a poco, sin sus recordistas y sin algunas de las estrellas de su béisbol pasado, no porque se están yendo del territorio, sino porque una vez que lo hacen nos encargamos de eliminarlos totalmente de nuestro discurso, como si nunca hubiesen existido. Una vez lo dije, y ahora lo repito tal vez de una forma diferente: si se fueron, no podemos permitir que se lleven consigo la parte de la historia asociada a ellos. Esa pertenece por excelencia a todos los cubanos, como mismo pertenece su SALÓN DE LA FAMA DEL BÉISBOL CUBANO. No se trata de estimular a los peloteros por irse del país, se trata de recordarles si se marchan que son cubanos, por encima de cualquier decisión que hayan tomado.

Al sepultar el pasado por causa de sus protagonistas las autoridades del béisbol cubano y la parte de la prensa que la secunda va acumulando deudas imposibles de pagar, no con los jugadores en sí, sino con el béisbol cubano y con su afición, que es la verdadera dueña del espectáculo —aunque otros sean los que ejercen ese derecho— y que no tiene la culpa de nada. Por fortuna, el “re-nombramiento” (de ser ciertos los rumores) no parece haberse “implementado” aún, pues al anunciar en el periódico Trabajadores la muerte de Miñoso, Joel García (uno de los precursores del proyecto inicial, vale aclarar) utilizó las palabras “en el pasado mes de noviembre fue uno de los diez peloteros exaltados al Salón de la Fama del Béisbol Cubano”.

Por lo visto, la guillotina no ha caído aún… ¿o es que se trató de un acto de rebeldía?

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